El País Semanal, 24 de octubre de 2004

 

EL NEGOCIO DE LA ROPA USADA

 

¿Qué pasa con los miles de toneladas de ropa usada que tiramos cada año en contenedores es­peciales? Entran en un complicado circuito internacional donde se mueven empresas y ONG, ven­tas y reventas, reciclaje y competencias, trapos sucios y mucho, mucho dinero.

 

Por Rafael Ruiz.

 

Es impresionante lo que puede haber dentro de un contenedor de ropa usada. Uno asiste a su vaciado y de ahí salen incluso piezas de Gucci. Entre montones de pantalones de pinzas inau­ditas y blusas de nailon desteñidas tam­bién hay pequeños tesoros. Ropa que a veces ni siquiera se ha llegado a estrenar. Puede ser un regalo de una talla imposible, un error en un arrebato de compras, un impulso de querer moder­nizarse que finalmente no se acopla a nuestro estilo. Prendas que van a parar a alguno de esos miles de contenedores de plástico que salpican las calles de las ciudades. Impresionante el dinero que mueven esos trapitos desterrados.

 

Un mundo. Haciendo medias, cada español compra entre ocho y nueve ki­los de ropa por año, pero recicla sólo en­tre uno y 1,5 kilos anuales. Hay picos extraordinarios - los contenedores re­bosan - en torno a las semanas 21 y 43 del año; o sea, a mediados de abril y me­diados de octubre, cuando la gente re­visa sus perchas y cajones para adap­tarlos al frío o al buen tiempo, y se da cuenta no sólo de lo que le falta - ¡si no tengo qué ponerme! -, sino también de lo que le sobra. Esos días, los contenedores reciben el cuádruple de prendas que durante una semana normal. Al­gunos situados en caladeros estupen­dos, zonas acomodadas, como en Tres Cantos (Madrid), se llenan en un abrir y cerrar de ojos. La semana histórica­mente más baja se sitúa a finales de enero, en plena cuesta, cuando la eco­nomía doméstica anda pachucha y pa­rece que da más reparo tirar nada. Eco­nomía de guerra: todo puede servir.

 

Un mundo tan apabullante como desconocido, y con multitud de recove­cos, parches, costuras falsas, polémicas.

 

Humana es la principal organiza­ción dedicada a la recogida de ropa usa­da en España. Es una ONG que nació a finales de los años setenta en Dinamar­ca y que ahora, bajo la denominación People to People, se ha extendido por 17 países del Norte -desde EE UD y Canadá hasta Lituania y Estonia, pasando por Holanda, Austria, Alemania y 10 países africanos - con especial inciden­cia en Angola y Mozambique - más la India. Pero, vistos los números que ma­nejan, muchos acusan a People to Peo­ple de funcionar como una gran empre­sa multinacional más que como una ONG. Éstas son sus cifras de España: tienen colocados unos 4.000 contenedo­res a través de acuerdos con 860 ayun­tamientos. Disponen de una plantilla de dos centenares de trabajadores. Cuen­tan con 17 tiendas de ropa de segunda mano abiertas en Barcelona, Madrid y Granada. Recogen cada año 15.000 tone­ladas (eso son mil camiones grandes o, traducido en ropa, unos 50 millones de prendas). Yeso supone unos ingresos de unos cinco millones de euros (datos de 2003), de los cuales logran liberar en tor­no a 850.000 euros - un 17% del total -­ para sus labores de cooperación en Áfri­ca, sobre todo en Mozambique, país en el que la ONG con la que trabaja Huma­na da empleo a 1.300 trabajadores.

 

¿Es poco conseguir liberar un 17% para tareas humanitarias? Se detienen en explicar lo caro que es un contene­dor, lo caro de mantener un contenedor en condiciones, lo caro de organizar las rutas para la recogida diaria de los con­tenedores, lo que cuesta clasificar la ropa, lo que cuesta mandarla en barco...

 

Muchos gastos, pero el pastel es su­culento. Y las perspectivas de creci­miento, muy tentadoras. Humana tiene calculado que esas 15.000 toneladas que recoge representan sólo el 4 % de la ropa que la gente compra cada año - y se su­pone que los armarios no tienen una capacidad infinita de almacenamiento.

 

No es de extrañar que, a la vista de esta estructura y estas cifras, mu­chos vean un funcionamiento más de empresa que de ONG; de hecho, en el Reino Unido les retiraron el sello de or­ganización sin ánimo de lucro. Incluso hay una campaña, promovida sobre todo desde León y por Internet, a cargo de una denominada Oficina de Socorro Internacional (OSI), que les acusa de ser una secta y lanza improperios de todo tipo contra Humana. Ellos se de­fienden con un argumento inquietante. Señala un portavoz: "En España se aca­ba de descubrir que esto puede ser un negocio enorme, y hay más de una em­presa interesada en quitarnos de en me­dio; soltar la acusación de secta sin pre­sentar más pruebas hace mucho daño, porque es una palabra que echa inme­diatamente para atrás a la gente" . En el plano internacional, es el sitio de Inter­net denominado Tvind Alert uno de los principales agitadores anti-Humana; centran sus dardos en Amdi Petersen, al que presentan como "carismático fundador" del movimiento Humana, pero también de las escuelas Tvind, que ofrece un tipo de enseñanza alternativa que, para sus opositores, entronca con modos de actuar propios de secta, de la­vado de cerebro; Tvind Alert presenta a Petersen como un hombre sin escrúpu­los que vivía como un millonario en una casa en Miami y en un yate de lujo valorados en nueve millones de dóla­res... Hasta que fue detenido por el FBI en el aeropuerto de Los Ángeles.

 

Eva, una chica de Madrid de 27 años, fue voluntaria de Humana en 1999, cuando decidió encauzar su carre­ra profesional hacia las ONG; estuvo con ellos un año: seis meses en Dina­marca, en una escuela Tvind, hacien­do un cursillo, y seis meses en Mapu­to, en Mozambique. Su conclusión: mo­dales de secta no vio, pero tampoco de ONG. "Más bien de gran empresa, y poco transparente; yo no acabé de ente­rarme de la estructura, de quién man­daba allí, de cómo se tomaban las deci­siones; muy distinto a las ONG que he conocido después. Además, como consi­guen tantos recursos de forma independiente no necesitan rendir cuentas a na­die, y eso tiene sus riesgos". Considera "una experiencia muy dura" la de Di­namarca: "el objetivo final, más que el cursillo, es que trabajes para ingresar un dinero con el que financiar tu estan­cia en África". Sin embargo, le pareció muy positiva la parte de Mozambique, en una escuela para niños de la calle.

 

La campaña de acusaciones ha te­nido sus efectos. Las dudas abundan, y algunos ayuntamientos, como los de Alcalá de Henares (Madrid) y León, prefi­rieron dar por terminados sus conve­nios para colocar contenedores con Hu­mana. Covadonga Soto, concejala de bienestar social de León, se explica: "Hay demasiados rumores. Humana es una organización que mueve cantida­des ingentes de dinero, y está claro que es incontrolable el destino de los fon­dos; datos concretos no tenemos, pero hay muchas sospechas". Otras autori­dades se ponen, sin embargo, del lado de Humana, como Joana Maria Badell, alcaldesa de Begues (Barcelona), que hace un año visitó, junto a represen­tantes de otros siete ayuntamientos ca­talanes, por invitación de la ONG, los proyectos que desarrollan en Mozambique: "Te chocaba ver camisetas de la Costa del Sol en los mercadillos; eso es la prueba de que la ropa sí llega allí". "Creo que están haciendo un esfuerzo muy valioso; impresiona ver un país tan pobre, con tantas necesidades; los proyectos, por muy básicos que sean, son muy importantes allí".

 

Tienen fans a muchos niveles. Como Pilar Fernández, de 57 años, "de iz­quierdas de toda la vida" y antiglobali­zadora y ecologista, naturista, que vive a caballo entre Madrid y Granada y se confiesa "adicta" a las tiendas de Hu­mana. Adicta a todo el ciclo. También a los contenedores. Echa y compra. Com­pra y echa. Ella es de las que llevan con­tinuamente prendas a los contenedores y también de las que visitan las tiendas día sí, día también, a rebuscar. Y casi siempre encuentra algo. "Sí que he oído críticas; mis amigas me dicen que esto es un negocio como otro cualquiera; pero, mire, aunque sólo fuera por la parte ecológica, de actitud recicladora, ya merecería la pena. Creo que en las sociedades de consumo despilfarramos mucho; me parece muy sano esto de reutilizar y reciclar, como se hace en los mercadillos de Europa. En España se­guimos teniendo actitudes de nuevos ricos, estamos muy atrasados en eso. No tenemos esa mentalidad de segunda mano. Yo prácticamente ya no compro ropa en otro sitio, ni para mi marido ni para mí".

 

Con tiempo y paciencia en la caza, en las tiendas Humana se pueden en­contrar buenas piezas - blusas, camisas, pantalones - por precios de 3 a 10 euros.

 

Rumores, sospechas en torno a un gran negocio. Ellos se defienden con otro argumento también inquietante: "Indague un poco en la competencia". Ernesto, de Jóvenes Unidos, una em­presa con contenedores en la región ma­drileña, contesta: "No, no queremos ha­blar, no queremos darnos a conocer ni recibir publicidad, porque los gitanos nos queman los contenedores". Ampa­ro, de Mundiayuda, que se presenta como una ONG, reconoce: "Esto es muy difícil, tenemos sólo diez contenedores, están en Madrid, somos sólo tres perso­nas, éramos de otra ONG, pero no nos gustaba cómo actuaba, no sé decirle en concreto qué, pero no nos gustaba. Con lo que saquemos queremos ayudar a los países del Sur, a Perú por ejemplo".

 

Humana no pertenece a la coordina­dora de ONG de desarrollo ni ha pedido ser auditada por la Fundación Lealtad, un baremo de garantía de transparencia de las ONG en España, pero hace públi­cas sus cuentas cada año y edita infor­mes anuales con sus trabajos de coope­ración en África -educativos, sobre todo- y ha recibido subvenciones de la Agencia Española de Cooperación In­ternacional (AECI) en 1996 y 1997 para poner en marcha una escuela en Ango­la y otra de formación de profesores en Mozambique. Conocen bien los ataques que les llegan. Jesper Wohlert, danés de 44 años, coordinador general de Huma­na en España, que vive en Barcelona desde hace casi 11 años, los asume y responde: "Sí, todo viene porque en Fran­cia, a raíz del suicidio masivo en Suiza de los seguidores del Templo Solar en 1994, se levantó una especie de pánico social, y una comisión parlamentaria creó un registro que catalogó a 1.500 grupos como sectas; nos incluyeron, sin saber con qué criterios o razones, sin aportar pruebas ni darnos opción de de­fendernos". "La otra acusación viene porque uno de los fundadores de nues­tro movimiento en los años setenta está procesado en Dinamarca por fraude; debe responder a la justicia, eso es así, pero tengo que decir que desde hace déca­das Amdi Petersen no tiene ninguna vinculación con Humana; fue un gran agita­dor social en los años setenta, también ini­ció el movimiento antinuclear y de apoyo a la energía eólica. Es como si ahora la energía eólica fuera sospechosa porque Amdi participó en su lanzamiento".

 

Un negocio éste en el que les encanta sacarse los trapos sucios unos a otros. Em­presas y ONG trabajan de forma parecida y se desautorizan mutuamente. En esen­cia, las empresas acusan a las ONG de competencia desleal, porque funcionan de la misma manera, venden lo mismo y a los mismos, sólo que se sirven de su imagen para convencer a los ayuntamientos para colocar contenedores, y no está muy claro, dicen, que destinen sus beneficios para trabajos de cooperación al desarrollo. Asunción, trapera de toda la vida, desde los años cincuenta, cuando tenía 14 años y comenzó en el negocio con su padre, y que ahora es, junto con Paulino, propietaria de la empresa Verde Universal, que cuenta con 170 contenedores repartidos por cinco municipios madrileños, va directa al meo­llo: "Es hora de que se hable claro. Hay que dejar de ver la ropa usada como algo asociado a la caridad; eso es un camelo que pudo tener sentido en otra época, pero no ahora. La ropa usada hay que enten­derla como una materia prima de un pro­ceso industrial, como el vidrio o el papel. Basta de entenderlo como algo propio de las ONG; es algo que atañe especialmente a las empresas. ¿Se deja el vidrio o el papel en manos de las ONG? De verdad que no me cabe que un ayuntamiento nos mire mal por ser una empresa cuando vamos a proponerles hacernos cargo de la recogida de los residuos textiles. ¿En qué mundo vi­vimos, que se mira mal al empresario?".

 

Wohlert opina, sin embargo, que ellos aplican un modelo de actividad económi­ca encaminado a conseguir recursos in­dependientes, sin estar a expensas de sub­venciones de organismos oficiales ni de la aportación voluntaria de socios. Y eso, que él sepa, no tiene nada malo. Ante todo propugna, con espíritu nórdico, eficacia: "Cuanta más ropa recojamos y más ropa vendamos, de más recursos podremos dis­poner para financiar nuestros proyectos de cooperación".

 

SOS África es otra ONG, dedicada a la cooperación con África, sobre todo a los proyectos educativos en Guinea Ecuato­rial, que trabaja con ropa usada y que sabe bien lo costoso que resulta enviar ropa de segunda mano. Ellos no recogen a través de contenedores; es algo casi prohibitivo para los pequeños: un contenedor cuesta entre 420 y 600 euros; además, los ayunta­mientos exigen mantenerlos presentables y que la recogida se haga prácticamente a diario, y además hay salteadores y mafias organizadas que saquean continuamente los contenedores, y si tienen que destrozar­los, los destrozan, con todas las pérdidas que eso entraña. SOS África capta ropa mediante campañas puntuales en colegios y parroquias, y la vende a otras empresas para sacar dinero. Pero pagaron la nova­tada. Su director, Nguema Emaga, de 50 años, que nació en Guinea Ecuatorial, pero vive en España desde hace más de 40, cuenta: "Cuesta más el envío que lo que vale la ropa en sí. Cuando lo hacíamos, mandar un contenedor de 20 toneladas nos salía por 400.000 pesetas. Preferimos obte­ner dinero para comprar ropa nueva, por ejemplo, uniformes colegiales, pero nue­vos, para los niños guineanos".

 

La trapera Asunción sigue arreando: "Basta de camelos; la ropa usada no se manda ni a emergencias ni a gente pobre. Es un negocio más. Cuando hay una catás­trofe, las mantas que manda la Cruz Roja son nuevas. Eso la gente lo tiene que saber. Que la gente no eche ropa al contenedor pensando que eso va a parar a la gente de­samparada o ante una catástrofe; eso no es así, clasificar esa ropa y moverla es dema­siado costoso; no sale a cuenta; la mayoría se usa para hacer trapos de limpieza para industrias". Ha sido, en su carrera de tra­pera, su lema de negocio: "Donde vea una máquina, verá un trapo para limpiarla".

 

Jesper Wohlert cuenta lo difícil que han tenido en España superar las reticen­cias tan arraigadas respecto a vestirse con ropa de segunda mano -otra peculiaridad nuestra respecto a países como el Reino Unido o Alemania-. Es algo que se ha seguido asociando con la pobreza, con la ca­ridad, con los roperos parroquiales de Cá­ritas para gente necesitada, con los años difíciles desde la Guerra Civil hasta el de­sarrollismo de los años sesenta. "Había mucha participación en dar ropa, pero nos costó mucho que la gente comprara en nuestras tiendas". En la última década, esa tendencia ha cambiado, gracias a que se ha puesto de moda entre las nuevas ge­neraciones el estilo grunge, las prendas customizadas, lo más personal, la prenda especial, la mezcla casi imposible, la bús­queda de salirse del uniforme, el revival años sesenta y setenta. Pero, atención, según Humana, las prendas que se resca­tan de toda esa masa de los contenedores para ir directamente a tienda - van tal cual, sin repasar, sin lavar - representan sólo un 5%. Las llaman "la crema". Y ahí pueden encontrarse desde abrigos de vi­són hasta trajes de faralaes, o algún Gucci o Burberry. Pero el grueso de los ingresos llega por otro lado. Son los otros destinos de la ropa usada, y que suponen en torno al 90%.

 

La vía principal de aprovechamiento es el reciclaje. Aquí entran en acción los tra­pos de limpieza. El algodón se emplea bá­sicamente para eso, para elaborar trapos para la industria: cualquier fábrica, cual­quier taller mecánico, los tiene; cualquier imprenta; las camisetas desgastadas y que acabaron hechas fosfatina en el último festival de música tienen como misión última limpiar bobinas; "el buen algodón, el puro, el 100%, cuanto más se lava, más se abre, más esponjoso y absorbente", dice Asunción; "en mis tiempos eran perfectas las sá­banas del ejército, 100%, gruesas; eso sí, olían a demonios, yo no sé cómo podía dor­mir allí nadie, pero estupendas". De la lana se saca la borra, una nueva materia prima que se recupera como lana de serie B, para tejer, alfombras, por ejemplo. Y luego está todo el negocio de la ropa que se exporta y se comercializa, "pasando muy pocos con­troles" - apunta Asunción -, en países en desarrollo; y aquí hay variantes para todos los gustos: desde el negocio puro y duro - de España, la mayor parte de esta ropa usada va a parar a manos de intermedia­rios marroquíes que la revenden, bien en su país, bien en otros países africanos - ­hasta el sistema de Humana, que lleva las prendas a los mercadillos de Mozambique a precios aptos para cualquier economía y que sirve para dar trabajo allí a las asocia­ciones homólogas en esos países.

 

Humana reconoce que el porcenta­je más alto de ingresos lo obtiene a través de vender la ropa a mogollón - sin clasificar - a grandes empresas, que son las que se encargan de comer­cializarla de nuevo o de reciclarla: ahí va un 60% de todo lo acumulado en contenedores; de hecho, lo que recogen en la Comunidad de Madrid es tanto que les supondría un esfuerzo enorme de clasificación, así que lo venden tal cual lo recogen a otras empresas, que lo reciclan o lo revenden a intermedia­rios del norte de África, que a su vez lo re-revenden en África. Aunque sube y baja continuamente, el precio de un kilo de ropa usada a granel, sin clasifi­car, anda últimamente en 0,30 euros. El restante 40% sí lo clasifican; en gran­des naves donde decenas de mujeres mueven los brazos con extraordinaria rapidez separando las montañas de ropa por grupos. Éste es el resultado de la cosecha: un 12% va a tiendas -"la crema" -; otro tanto resulta inservible y va, ya sin remedio, a la basura; entre un 35% y un 40% va a reciclaje, y tam­bién entre un 35% y un 40% lo mandan a África (cada tres semanas hacen un envío por barco de Algeciras a Beira, en Mozambique), para nutrir los bulli­ciosos mercadillos.

 

Pero este punto de enviar ropa del Primer Mundo al Tercer Mundo levan­ta una ola de críticas entre muchas ONG, incluida Cáritas, un clásico en ropa de quita, reparte y pon. Son, sobre todo, dos los argumentos: 1. Lo ven como una colonización que supone una pérdida irreversible de los hábitos culturales del Sur, que conlleva la extin­ción de la indumentaria tradicional. 2. La llegada masiva de ropa ya confec­cionada y barata destroza la incipiente industria textil de esos países, desbara­ta los pequeños talleres familiares que con mucho esfuerzo intentan salir ade­lante y que montan una mínima trama empresarial o de cooperativas... Según ha publicado el periódico The Guar­dian, en Zambia, por ejemplo, a co­mienzos de la década de los noventa ce­rraron 51 de las 72 firmas textiles; no está claro el grado de influencia de la llegada masiva de ropa de segunda mano procedente del Reino Unido, pero las fechas coincidieron, aunque tam­bién en esos años la economía del país, con la inflación disparada, atravesó un tramo muy crítico. En Uganda, Mali y Mozambique ya han comenzado los mo­vimientos organizados para pedir que los Gobiernos veten o graven con aran­celes la entrada de esa avalancha de ropa usada, que en algunas zonas llega a representar hasta el 80% de la com­pra de ropa. Suráfrica, Nigeria, Etiopía y Eritrea ya han establecido restriccio­nes, según publicaba recientemente The New York Times. La Federación Textil Surafricana ha lanzado un men­saje claro: "El azote de la ropa de se­gunda mano importada de Estados Uni­dos y de Europa nos priva a nosotros de trabajo y comida". Sin embargo, los de­fensores de este trasiego afirman que ropa nueva y ropa usada atraen a con­sumidores distintos, y que ese mercado tiene sentido desde el momento en que muchas personas han de sobrevivir en África con menos de un dólar diario.

 

Nuevamente, entre retales se en­cuentran trapos sucios. En un mismo país puede verse cómo unas ONG apo­yan con microcréditos la creación de esos talleres locales de confección, y jus­to al lado otras ONG importan masiva­mente ropa usada para competir direc­tamente en los mercadillos.